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Cuentos, relatos cortos, pequeñas historias…

PEQUEÑAS Y VALIENTES ALAS

1
Frente de Argonne, Francia, octubre de 1918.

La artillería propia seguía disparando sin descanso. Cráteres sobre cráteres, barro sobre barro, sangre sobre sangre. La metralla cercenaba los árboles convirtiéndolos en astillas mortales que, junto al acero candente, bailaba con los hombres el tango de la muerte anunciada.
El humo lo cubría todo mezclándose en todas las tonalidades de grises y llenando el aire de millones de partículas de pólvora quemada y trocitos de piel y de huesos fusionados con la tierra que había sido removida hasta las entrañas.
Los cadáveres salpicaban el terreno y aún después de muertos eran batidos por los cientos de impactos que caían del cielo en cadencia inexorable:

– ¡BUMBUMPATABUUMMMM!

Para después caer sobre la tierra una tromba de fuego e hierro que lo segaba todo.
Y lo peor era que toda aquella lluvia procedía de las nubes propias. Lluvia norteamericana fabricada de Detroit -¡Maldita fuera la estampa del Coronel que mandaba la artillería!

Al Mayor Charles Whittlesey, abogado neoyorquino que se había alistado voluntario para ayudar a los franceses empujado por sus ideales nobles y su equivocada idea de lo que eran las trincheras europeas, le temblaban hasta las uñas de los pies y apenas podía escuchar lo que el único sargento que le quedaba vivo le gritaba:

– ¡Que nos queda solamente un palomo Mayor…!- gritaba el sargento Willians que era de Texas, grande como un barril de cerveza y que olía igual.

El Mayor pareció entonces caer en la cuenta de que había pedido hacía rato que trajesen a la última de las palomas mensajeras del batallón.
La nómina de palomas, igual que la de hombres, había descendido rápidamente desde que se habían visto copados y cercados por los alemanes en aquella loma del bosque de Argonne.

El 77º Batallón de Infantería había sido deshecho por los alemanes -aquellos Sturmtrupps eran duros de pelar- y ahora lo que quedaba estaba siendo machacado sistemáticamente, con cabezonería yanqui, por sus propios cañones.
El oficial escribió una rápida nota en el colombograma, (¡dejad de disparar de una puñetera vez, mecagoenlaputaquosparió!), metió el papelito en el canuto metálico y se dispuso a enrollarlo en la pata izquierda del animal.

Cuando el mayor Whittlesey miró a los oscuros ojos de la paloma no pudo más que estremecerse. El bicho lo miraba como si entendiese, como si, al igual que a él mismo, le pesara sobre los hombros una enorme responsabilidad.

Por encima de los supervivientes seguía cayendo la lluvia mortal de acero ardiente, piedras y restos volatilizados de hombres estúpidos que se mataban entre ellos.

2
Tan sólo era un palomo -Columbia Livia- un animal que según los humanos ni sentía ni entendía. Programado por el instinto y con un don magnético que ellos aprovechaban.
¡Qué sabrían los humanos!

Eran tan tontos y tan fútiles, tan estúpidos y malvados, tan sanguinarios y crueles que muchas veces había deseado que no estuviesen en la tierra. Aunque halcones siempre habría, con humanos o sin ellos.
Después se acordaba de los que llegaban al palomar y se quedaban mirando el revoloteo de las alas mientras el grú-grú acallaba el incesante sonido de la guerra. Muchos de aquellos hombres, en su mirada, hacían entender al palomo que, entre tanta basura, siempre se podía encontrar el brillo de la bondad y de los nobles corazones.
Incluso allí, en mitad de toda aquella locura de explosiones y dolor.

Cher Ami le habían puesto de nombre. Querido Amigo significaba y desde el primer día el palomo se había esforzado en ser el mejor amigo de aquellos humanos que dependían de su valor y de su don para seguir viviendo.
Así se lo había dicho Klaus, el viejo palomo, jefe del grupo de mensajeros, que ahora estaba muerto doscientos metros más allá, atravesado de parte a parte por las balas alemanas:

– Ellos, aunque no te lo parezca, dependen de nosotros mi querido amigo- le había dicho- la misión es lo más importante, más que la propia vida…

El palomo había pensado mucho en todo aquello mientras veía como sacaban a sus compañeros de la jaula y, uno a uno, los enviaban a una muerte segura.
Tenía miedo y a la vez sentía clavarse los ojos de doscientos hombres sobre su pequeño cuerpo, y en aquellos ojos podía ver la esperanza reflejarse en un brillo que mitigaba la tristeza y el horror.
Por aquel brillo merecía la pena jugársela.

Por eso y por Klaus y por Pepe -el simpático y valiente palomo español que casi lo había conseguido- y sobre todo por Clara, a la que habían matado poco después de emprender el vuelo y que se había quedado desmadejada y rodando, empujada por el viento, en mitad del camino.

Al hombre que ataba el canutillo a su pata izquierda le temblaban las manos mientras lo hacía y clavaba su mirada en sus ojillos negros como carbones.
Luego elevó las palmas al cielo y Cher Ami supo que el momento había llegado. Extendió las alas, las batió un par de veces desentumeciéndolas, miró atrás una última vez al hombre que le sostenía entre las manos y se elevó rápido hacia arriba, con toda la fuerza que podía imprimir a sus pequeñas y frágiles alas.

Los abejorros de plomo comenzaron de inmediato a zumbar muy cerca:

-¡ziuuussss, ziiuusssssss!

Abajo el caos de explosiones continuaba, y todos los alemanes del mundo parecían haberse centrado en matarlo. A él, un pobre e inocente palomo.
Pero siguió volando en zigzag, esquivando las balas que se multiplicaban a su alrededor, atravesando las nubes de humo espeso y maloliente que producían las explosiones, con el pequeño corazoncito latiendo en el pecho al ritmo de los bombazos.

De repente sintió como el aire a su alrededor parecía ser absorbido por una extraña fuerza desconocida. En el último instante comprendió y realizó un giro brusco. La bala apenas le rozó el pecho y el dolor casi le hace caer en picado. Quemaba, quemaba hasta las entrañas y los huesos parecía que se hubieran convertido en agujas que se le clavaban por todas partes.

Pero siguió volando. Adelante, siempre adelante hasta el puesto de mando.
El dolor se tornó casi insoportable cuando la explosión le alcanzó. El ojo le reventó y su pata derecha quedó colgando de un hilillo de carne.
Pero siguió volando. Adelante, siempre adelante hasta el puesto de mando…

Miró abajo, exhausto, y reconoció el lugar y el color de los uniformes. Picó hasta la ventana conocida, la que ya había visitado en otras ocasiones y se posó con su única pata en el alféizar.
Apenas podía mantener abierto su único ojo y apenas podía mantener el equilibrio. Estaba destrozado, pero había cumplido su misión y pudo leer el agradecimiento y el orgullo en los ojos del hombre que le arropó entre sus manos mientras le quitaba el canutillo de la pata sana:

– Menos mal que no te volaron esta, ¿verdad valiente…?

El palomo se desplomó entre aquellas manos cálidas mientras escuchaba al hombre llamar a un médico y gritar a los operadores de radio que el fuego de artillería cesase de inmediato.

¡Misión Cumplida!- pensó, y cerró el ojo que le quedaba sano.

FIN

La historia de Cher Ami sucedió en la realidad y hoy día su cuerpo disecado puede admirarse en el Museo Nacional de Historia Americana de la capital estadounidense. Está condecorado con la Cruz de Guerra francesa y es considerado uno más de los héroes nacionales de los Estados Unidos.

Dedicado a todos los soldados, (humanos o no humanos), que lucharon en la Primera Guerra Mundial.

© A. Villegas Glez. julio .14

palomocherami

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