Archivo mensual: enero 2015

La Toma de Graná

Lucía un sol espléndido que te hacía desperezarte como un oso tras la hibernación cuando te daban los granadinos rayos en el rostro. Un solazo que hacía soportable, y hasta agradable, el frío invernal que bajaba de la Sierra, Nevada que estaba hasta las trancas aquel año recién estrenado.

En la Plaza del Carmen y las calles adyacentes que rodean la bonita plaza del Ayuntamiento había reunidas un buen número de personas que acudían a conmemorar un hecho histórico y  a rendir homenaje a los hombres y mujeres que nos precedieron.

Al menos eso pretendían todas esas personas. Pero resulta que no se puede…

No puedes ir a ver tremolar el antiguo Pendón de nuestros viejos Reyes porque a una serie de señores y de señoras les parece mal, y claro, como a ellos en su inmensa sabiduría el acto no les gusta pues se dedican a exponer sus ideales, que serán muy suyos y respetables,  a voz en grito, insultando y con caras tan desencajadas por el odio que si las viese Goya les pintaba un cuadro de esos de la Serie Negra. Imponen su voluntad alegando no sé qué derechos, mientras con toda impunidad y falta de respeto se dedican  a pisotear el derecho que tienen -tenemos- otras personas para  celebrar que aquel dos de enero de hace tropecientos años unos Reyes estupendos terminaron una obra que había empezado hacía más años todavía un tal don Pelayo.

Esos mismos que ayer se desgañitaban de odio y rencor, que van por el mundo de solidarios, comprensivos, civilizados y estupendos, esos que no permiten a los demás -tan democráticamente- que puedan acudir a celebrar lo que sea que a ellos no les cuadre en sus bolcheviques cabezas, a todos esos intolerantes, sin duda alguna, les encantaría someter  a curas, monjas y “fascistas” en general a tormentos chinos y humillaciones sin cuento y, por supuesto, les encantaría formar parte de alguna checa con su correspondiente pelotón de fusilamiento.

Todos esos que ayer se desgañitaban bajo tropecientas banderas y mil consignas lo que realmente persiguen es el caos y la tragedia. Lo único que quieren es que se oiga su voz – para ellos única y verdadera- y a todo aquel que no esté de acuerdo o no se una a sus turbas embrutecidas lo califican de asesino y se lo llevan a la tapia más próxima…

Y esto- en algún lugar debe estar grabado- no es que lo diga yo, es que ayer, lo gritaban ellos mismos…

Porque ayer, en la Plaza del Carmen primero coreaban: ¡Asesinos!, para luego, un segundo después, cantar exaltados: ¡Repetiremos lo de Paracuellos…!

Un servidor daba vueltas por allí como al despiste, con los ojos muy abiertos y la boca muy cerrada. Había un grupo de personas, casi todas ellas jóvenes que habían acudido a defender frente a los otros sus propios ideales, y que, a pesar de las apariencias, mantuvieron la educación y las maneras. Gritaban y cantaban sí, pero ninguno recordó paredes, tapias ni cunetas, repartieron sus papeles sin obligarte a recibirlos y plantaron cara a los de la otra esquina.

A Algunos de aquellos jóvenes los tenían apartados, alejados del Ayuntamiento alrededor de la estatua a Colón, y al pasar junto a ellos -ya les digo que me moví por cada esquina como al despiste y esto hasta provocó que levantase las suspicacias de los agentes encargados de velar por la seguridad del asunto y solicitasen que me identificase- uno de ellos, que parecía líder, les preguntaba a los demás si todo el mundo había comido… Que es una pregunta que -puede ser uno rojo o azul- pero denota preocupación y atención por tu gente que resulta admirable.

Era un hombre alto, con pinta de buena gente pero del tipo: “nometoqueloscojonesvuesamerced”, permanecían tranquilos, hablando tranquilamente entre ellos hasta que los dejaron bajar a la Plaza del Carmen.

A todo esto salieron las Autoridades a la plaza del Ayuntamiento y los militares que allí formaban atacaron los sones del Himno Nacional.

Silbado, escupido y denigrado, por supuesto, por la caterva de catedráticos, licenciados y expertos educadísimos del sector que formaba en contra de la celebración, y visto lo visto, contra “tó lo que se meneaba”.

Fue de las pocas veces que abrí la boca durante el acto -ya va uno aprendiendo- pero es que no pude contenerme, delante de mí había dos personas que, mientras había estado sonando el Himno no habían dejado de soltar risillas y de cuchichear entre ellos, así que, cuando alguien gritó a mi espalda: ¡Viva España!,  respondí con el reglamentario: ¡VI-VA!, tan fuerte y con tantas ganas que supongo que eso que anuncia Imanol Arias de los sonotones cuenta ahora con dos nuevos clientes.

Seguí luego un rato el desfile hasta Colón, allí había un hombre mayor, no era viejo, era mayor, se le veía sabio y con un millón de cosas que contar y me arrepiento muchísimo de no haberle invitado a una cerveza. Llevaba en las manos, a modo de humilde mástil, una caña en la que ondeaba una bandera de España, era la única de toda la Plaza y al verla yo sentí mucha, mucha vergüenza por no haber llevado la mía.

Por eso al pasar junto a hombre, le miré y le dije: ¡Olé sus cojones!

Su sonrisa me sirvió de bálsamo para el dolor que me apretaba las pelotas y que me gritaba cobarde… Porque a fin de cuentas, aunque estuviese allí, aunque estuviese presente, me sentí como un bulto inútil, como uno más entre la masa callada, uno más a los que, aquel hombre y su bandera, nos gritaba cobardes con toda la razón del mundo.

Pues resultaba de la ecuación que los gritones, los que querían repetir Paracuellos, pese a ser una heterogénea minoría que acabaría por arrancarse los ojos mutuamente, gritaban más y mejor, no porque su mensaje inmundo fuese el correcto, sino porque, aparte del viejo de la bandera y la caña -no he visto en mi vida un mástil más hermoso- allí en la Plaza del Carmen los españoles permanecíamos en silencio, cabizbajos, casi avergonzados, dejando que cuatro gilipollas nos matasen el orgullo y la dignidad.

Y por tanto silencio y tanto encogimiento de pelotas, al final, esos que  gritaban de repetir Paracuellos, se saldrán con la suya…

Quizás entonces, mientras nos ponen contra la tapia, alguno se atreva a gritar hasta que se le salten los tímpanos:

¡Viva España…!

A Villegas Glez. 2015.

toma granada

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