Archivo mensual: febrero 2014

El Asalto

La batalla se tornaba enloquecida. Uno y otro peleaban sin tregua mezclándose los fluidos sobre los adarves de dura piedra. La Fortaleza resistía los envites, aguantaba firme, provocadora, exigiendo más y más sacrificio, más y más esfuerzo, obligando al atacante a exponer todas sus fuerzas, a dejarse la piel en cada embestida, a enviar contra aquella muralla inexpugnable a sus más agerridas tropas.

La fortaleza resistía y miraba, se retorcía entre espasmos y se mantenía aferrada a sus defensas, mordía y arañaba debatiéndose, exprimiendo la potencia del atacante, estremeciéndose cada vez que éste lograba abrir brecha entre sus baluartes.

El asaltante apretaba los dientes y con los musculos tensos empujaba el ariete contra la puerta de la fortaleza. Embestía una vez y otra, quebrando la resitencia de los defensores, logrando hundir un poco más cada vez la estaca contra la madera de las puertas empapadas en aceite hirviendo.

Seguro de su victoria machacaba sin compasión, empujaba con fuerza y mientras, podía sentir como las defensas comenzaban a derrumbarse. Tenía que hacer el último esfuerzo, porque sus fuerzas también presentaban grietas y corría el riesgo de morir antes de tiempo, sin alcanzar su objetivo, sin lograr hacer que la fortaleza se desmoronase, que gimiesen las piedras mientras caían y que el mundo se detuviese en aquel instante.

Aceleró el empuje del ariete contra la puerta al tiempo que enviaba su caballería contra las dos torres enemigas, que se deshicieron arrolladas por el impetuoso ardor con el que fueron atacadas, escaladas desde la base hasta la veleta provocaron que la fortaleza se estremeciese y que con sus úiltimas fuerzas tuviese que abalanzarse contra las puertas que se abrían ya de par en par bajo la potencia inmensa de aquel ariete en llamas al que no había podido resistirse.

La fortaleza se rindió. Abatió sus pendones y se dejó saquear sin resistencia, gritando extasiada mientras el asaltante hurgaba en sus aposentos, en los salones, en las mazmorras. Y aún pareciendo vencida, sabía que había ganado.

El atacante se dejó caer sobre el trono conquistado, exhausto, sin aliento, impregnándose del olor de aquella fortaleza recién ocupada, respirando entrecortado y dándose cuenta de que al fin y al cabo no había vencido, pues al ritmo de la fortaleza respiraba, al ritmo lento, complacido, lleno, satisfecho que Ella le marcaba.

A. Villegas Glez.

manosdedos

 

 

 

 

 

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