Archivo mensual: noviembre 2013

La Foto

No sé el año en el que la fotografía se tomó, pero fue entre los años sesenta y seis y setenta y uno,(el año que nací yo, buena cosecha, pardiez), del siglo viejo. Qué cosas poder decir eso del siglo pasado, parece mentira.

La imagen está tomada en el Delta del río Mekong, sí, ése, el de Vietnam. Famosísimo por tropecientas mil películas y quinientos millones de documentales en los que se nos cuenta lo que pasó, o no, durante aquella guerra. Así todos conocemos, aunque sea de oídas, la ofensiva del Tet, los “charlis”, los helicópteros atacando bajo la música intensa y apropiadísima de Wagner, (un pelotazo del amigo Coppola), el coronel Kurtz enloquecido y a Rambo, Chuck Norris, los Seals de la Armada yanqui, Ho Chi Min, su ruta, el napalm y hasta el nombre del último que salió, de la embajada norteamericana de Saigón.

Sin embargo, tantas películas y documentales y ninguno cuenta la historia de esa foto. Hay españoles en ella, se les nota, se ve a la legua la tierra de la que proceden. Porque, aunque no lo crean, en la Guerra de Vietnam, también hubo españoles.

Fue una misión secreta y  escondida. Un pequeño grupo de médicos, enfermeros y técnicos que fueron enviados como ayuda sanitaria. De hecho, así se llamaba la operación: Misión Sanitaria Española a Vietnam del Sur. Destinados en la provincia de Co-Gong, en el delta del nombrado río, los españoles levantaron un pequeño hospital en el que atendían a todo el que llamase a sus puertas. Muy pronto se ganaron el aprecio y el respeto de todos los combatientes y, sobretodo, de la población civil. Desamparada y golpeada por todos, el hospital español, se convirtió en refugio y salvación para muchos. Los vietnamitas empezaron a llamar a aquellos hombres, Tai ban-nha, que significa, los españoles, así los distinguían de los norteamericanos.

Los Tai ban-nha se había ganado a pulso aquella distinción. Aparte de por su valía profesional y por ser los únicos en la región que trataban desde el paludismo hasta las horribles heridas de la guerra, por ese carácter único e irrepetible que tenemos los españoles, y que luce con más fuerza cuando estamos lejos de casa, apiñados unos contra otros, olvidando estúpidas rencillas, colores partidistas y demás gilipolleces y unimos nuestros corazones bajo los colores de nuestra bandera. Como la que ondeó orgullosa en el Hospital Español de Co-Gong durante todos aquellos años.

Y aquí es donde entra la foto culpable de estas letras. La imagen habla por sí sola. Ya digo que no sé la fecha exacta de cuando la luz incidió sobre la película y dejó la imagen grabada para siempre.

A mí me parece que es Navidad u otra fiesta parecida, se pueden ver unas guirnaldas colgando de las paredes y las caras de los fotografiados están alegres y contentas. Achispadas. Hay una mezcla de soldados norteamericanos y de otros, españoles. Por su actitud les conoceréis.

La foto está tomada en ese momento de la fiesta, cuando alguien dice: ¡vamos a hacernos una foto compadres!, y luego, claro, la charla sobre la moderna cámara japonesa que se había comprado el fotógrafo en su última visita a Saigón. Todos allí queriendo echarle mano al aparato y el dueño agarrado a ella como una lapa. Supongo que las carcajadas mantendrían lejos a los guerrilleros del viet-cong.

El caso es que tras colocarse en pirámide, y el fotógrafo intentar encuadrar al grupo, cada cual aparece haciendo lo que le viene en gana. Como todos hacemos cada vez que, en mitad de una fiesta, alguien pretende tomar una foto de recuerdo, “seria”. Y más si hay españoles en el encuadre, es casi una misión imposible. Y eso pasa con esta foto.

Arriba del todo hay dos tipos, uno con pinta de guiri que toca una guitarra, que es cualquier cosa, menos española, rasga las cuerdas y mira al hombre que tiene al lado. Este sí es español, y no lo digo por el sombrero cordobés. Fíjense bien. Parece que esté diciendo: ¡Olé!, chasqueando los dedos y con los pies moviéndose, (seguro, aunque no se vea), porque el de la guitarra le ha pillado el punto a la rumba y al otro, con súbita morriña, se le ha saltado el corazón en el pecho recordando su vieja y lejana patria. La más alegre del mundo, y olé. Estos dos hombres permanecen ajenos al resto, inmersos en su íntima camaradería.

Debajo y a la izquierda, según se mira la foto de frente, hay otro dos hombres, uno con los galones de sargento yanqui que tiene pinta de portorriqueño, sonríe con su copa y su cigarrillo en la mano, junto con otro hombre, éste también tiene una pinta de español que te rilas, ha salido con los ojos cerrados y yo me lo imagino, la voz pastosilla y los ojos brillantes de felicidad diciéndole al de la cámara:

-¡Tira ya la foto, cohones…!

Debajo de ellos hay un chaval, porque es un chaval, americano, sin duda, despecheretado y con cara de no entrarle ya más ni una gota de alcohol. Derrumbado intenta sonreír a la cámara pero no puede casi, las cejas le delatan. A este me lo imagino pensando: ¡oh my God, estos spanis, la moter que los parió!, siendo así, el primero en hablar el famoso, “spanglis”.

El centro de la foto lo ocupan un tipo calvo, y otro sentado bajo él, que lo mira. Seguro que el calvete, que tiene cara de yanqui cachondo, le había gastado alguna broma al otro. Ya saben, por ejemplo eso tan típico de poner los cuernos al de delante. El de abajo, se ha girado, seguro que diciéndole al otro:

– ¡Estate quieto James o me cago en tu puta madre!- y luego la risotada.

Se palpa la camaradería entre los dos hombres, las miradas cómplices del uno al otro. Estos tampoco hacen caso al de la cámara, que estaría también, aguantándose la risa y acordándose de las santas madres de tan díscolos modelos.

Menos mal, que junto a estos dos, en el extremo derecho de la foto,, hay otro hombre que, éste sí, mira a la cámara algo más serio, más consciente que los demás sobre la importancia de la foto, del momento histórico, de que sus nietos verán que su abuelo estuvo allí, entre selvas , mosquitos y mil peligros. Es español sin duda, pues luce en el pecho el camello y la media luna saharianas. Parece el hombre a pique de soltar la carcajada, pese a su aspecto serio y que esté pensando:

– ¡Hay que ver los cabrones estos que no se están quietos!

El último conjunto lo forman tres hombres. Uno que pasa el brazo sobre el hombro del otro y que tiene pinta de californiano de muy al sur, sonriente, feliz de estar aquella noche allí, con aquellos españoles. El que está a su lado, lo es sin duda, con esa cara de picaruelo que tiene con las manos en los bolsillos y la expresión en el rostro de satisfacción absoluta. ¡Qué bien nos lo montamos, coño!, parece estar diciendo con sus ojillos entrecerrados y chispeantes. La tercera figura es tan sólo una cabeza que asoma tras los hombros de los demás, un poco tímido y aparte, pero también con la expresión de quien está pasando un buen rato.

A mí, la fotografía, me provoca una sonrisa y un suspiro nostálgico. También me provoca el inmenso orgullo de saber que nací español. Una gente simpática y abierta, dispuestos a montar una fiesta en mitad del mayor de los dramas, impasibles al desaliento y la tragedia,  alegres y animosos, siempre regalando alegría y calor humano allá a donde vamos. Siempre queridos por los que tratan con nosotros, siempre envidiados por nuestra capacidad innata, de sacar de entre toda la mugre y negrura del mundo, el lado positivo, la broma y el chascarrillo que haga soportable esta vida.

Esta foto representa lo que somos. La inexplicable relación que existe entre los españoles y la alegría. El conjunto de cosas que nos hacen inigualables, y más todavía en situaciones límite, lejos de casa, apiñados unos a otros como lo que somos, hijos de la misma madre. Y encima invitando a nuestra fiesta a todo el mundo, amigo o enemigo, simpático o antipático, borracho o abstemio… Y todo el mundo sale feliz y contento,  y hasta sé de muy buena tinta que acuerdos de alto el fuego se consiguieron en muchas ocasiones.

Porque, habiendo españoles de por medio, y guitarras y olés y esa vieja camaradería hispana, esa vieja alegría arraigada en cada uno de nosotros, ningún problema es irresoluble, ningún plan irrealizable, y hasta los odios más profundos y las rencillas más enraizadas, se difuminan como la bruma entre las risas estruendosas, los gruesos insultos, las discusiones a voces, los brindis truculentos y continuados y la alegría natural que llevamos en el alma, esos que todo el mundo llama, (y al hacerlo, sonríen), españoles.

(C) A Villegas Glez.

De fiesta hispana

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