Archivo mensual: octubre 2013

El Viejo Cuartel

Hay ocasiones en las que no se puede evitar que la nostalgia te invada. Sucesos que se encadenan para llevarte hasta lugares que en otro tiempo de tu vida fueron importantes, esenciales, lugares físicos en el que se acumulan sobre los ladrillos, los ventanales, los jardines, el hormigón y el asfalto los recuerdos atesorados durante cientos y cientos de horas en las que tu vida estuvo enlazada a la vida del edificio.

Esta semana un viejo compañero de aquel tiempo en el que fuimos soldados me agregó a un grupo de esos del wasap. Fue el primer golpetazo de añoranza que inundó mi corazón como una ola que cantaba Rocío Jurado. Mensajes de camaradas de los que no sabía nada desde hacía años se apelotonaban en la pantalla del teléfono. Que si éste, que si el otro. Y todos bromeando y riendo como si jamás nos hubiésemos separado.

La verdad, hubo un momento en que tuve que dejarlo. Se me agolpaban las sensaciones en el corazón y en la garganta. Era tanta la riada de recuerdos, de caras amigas, de mil y una aventuras que habíamos vivido juntos, tanto el tiempo que compartimos, tanta la risa y el esfuerzo y la camaradería, tantísimas las horas y los días compartidos, que incapaz de asimilarlo, tuve que salir al balcón para que me diese en la cara el fresco granadino y no ponerme a llorar como un niño.

Ellos no lo saben pero para un servidor forman parte del puzle de mi existencia, y unos más y otros menos, todos ellos permanecen anclados en el puerto de mi memoria y a todos, con sinceridad, me alegro de encontrarme por Granada.

El segundo cañonazo a mi línea de flotación anti-nostalgias ha sido peor todavía. Directo a mi santa-bárbara, al penol de municiones, directo al timón, al alcázar, al castillo y al combés todo a la vez.

Hacía mucho que no visitaba el que fue, durante mucho tiempo, mi hogar, mi  lugar de trabajo, el sitio en donde se desarrollaba mi vida. El antiguo cuartel de Santa Bárbara, más conocido en la ciudad de la Alhambra simplemente como: “Los Mondragones”.

Ahora es un centro de oficinas municipales y en el viejo patio en donde una vez hubo un mástil del que un millón de veces vi izar y arriar nuestra bandera, pardiez, yo mismo mandé arriarla con los vellos de punta en más de una ocasión, (y de dos) , flanqueándola había dos cañones antiaéreos del ochenta y ocho que vaya usted a saber a donde habrán ido a parar pues ahora en el patio se construye un aparcamiento.

La entrada sin embargo sigue exactamente igual. Los jardines que permanecen cuidados aunque sin el esplendor y limpieza impoluta del que gozaron hace tiempo. Las puertas de sólida y vieja madera se han cambiado por otras metálicas y modernas y hay ahora un arco de seguridad y unos policías locales con la misma cara de aburrimiento que tenían los centinelas que guardaban aquella misma puerta. Allí mismo, en donde hoy está la oficina de registro estaba el cubículo del oficial de guardia y enfrente el del segundo jefe. También son unas oficinas ahora, de hacienda, creo.

Las rejas de hierro forjado de las ventanas son las mismas, ahora el aluminio y el cristal doble han sustituido a las viejas ventanas de marcos de madera y vidrio. Casi me echo a llorar cuando he visto las rejas, uno que es un blandengue. Recordar tantas noches que pasé allí de guardia, tanta gente que conocí, tantas anécdotas buenas y malas en tan sólo aquel minúsculo espacio, que tenía la sensación de que el tiempo había retrocedido y por un instante ( no se descojonen ustedes), he estado a pique de ordenar salir a la guardia y disolver el barullo que había formado en la puerta.

Luego he parpadeado varias veces y he regresado a la realidad. Las personas que estábamos allí reunidas mendigando un trabajo, el barullo que había, los chiquillos correteando por los jardines, los funcionarios intentando poner cierto orden ( hay que reconocerles que lo han conseguido) y el ambiente extraño de rifa de pueblo me han hecho regresar por un instante. Pero no me ha gustado lo que he sentido.

Así que abrazando el dulce recuerdo, que no dolía ni quemaba con reproches ni arrepentimientos, sino que era un bálsamo recorriendo mis venas, me he asomado hasta la que había sido mi compañía (lástima no haber podido subir ni ir más allá), y he mirado un rato el marco de la que fue mi ventana durante un año y pico largo, recordando cuando hace veintipico de esos mismos años, me asomaba al alféizar y me preguntaba, imberbe e inocente, que qué me depararía la vida.

Nunca pensé que un simple montón de ladrillos, cemento y hormigón pudiesen provocarme tanto cariño. Nunca llegué a imaginar, asomado a aquella ventana mientras el frío de enero me hacía tiritar, que un día, mirándola desde abajo, la echaría tanto de menos.

(C) A. Villegas Glez.

mondragones

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