Archivo mensual: septiembre 2013

El Bocata Mágico

Cada vez que veo el anuncio en la tele se me encoge el alma. Hay que aplaudir a los publicistas pues han dado en el clavo.

La madre a la que  su hija le pregunta que qué hay para cenar y la mujer que agarra un cacho de pan y le dice que es un bocadillo mágico, de lo que ella se imagine…

¡Redios!,  que se me quedan los lagrimones colgando de los párpados como asomados al abismo. Dos gotas de vergüenza y de rabia. De solidaria comprensión, de miedo, dos gotas frías como la muerte que apenas puedo contener.

Porque resulta que ese anuncio no es más que un reflejo de la realidad más cruda y olvidada que se vive hoy en muchos hogares de España, una verdad dolorosa y vergonzante, una realidad a la que nadie hace el menor caso.

Es triste ver en lo que hemos convertido nuestro país y nuestra sociedad. Un lugar en el que te encuentras un anuncio de una organización de ayuda a niños que jamás pasaron necesidades y ahora pasan, y luego otro anuncio, más alegre con maciza incluida, que dice que ya llegó el otoño a no sé dónde.

Ese bocadillo de pan con imaginación y rugir de tripas es un símbolo que demuestra lo que somos. Una prueba de que en estos cuarenta años de democracia, autonomías, partidos y sindicatos, supuestas libertades y supuestos beneficios sociales, no hemos hecho otra cosa que cagarla, permitiendo que la cultura del compadreo, del pícaro, del ladrón, del dinero fácil, del engaño, de la corrupción y de la mentira sean las que mandan en nuestro país y que la honradez, el trabajo duro, la igualdad, la empatía y tantas cosas que pudieron ser y no fueron estén relegadas al cajón del olvido, junto con nuestra Historia y nuestro honor.

El anuncio publicitario avisa de que cada día hay en España más niños en el umbral de la pobreza. Niños que hasta hace dos días no conocían lo que era eso de no tener choped para el bocata, o que no le  daban la paga desde hacía meses, o que sus padres ya nunca jamás iban a un bar a tomar una cerveza, y que el cine era algo de otra época. Niños que si necesitaban zapatillas se las compraban y ahora resisten con las deshilachadas zapatillas del año pasado, esperando el cumpleaños a ver si la abuela puede comprárselas, pequeños que miran y entienden, que saben y apenas se quejan, criaturas que soportan estoicas las burlas crueles de los compañeros de clase porque no usan ropa de marca, chavales a los que la vida ha puesto al borde del abismo, viendo a sus padres esconderse en el cuarto y luego salir con los ojos hundidos y enrojecidos, impotentes y desamparados, solos y abandonados, apartados de la sociedad y aterrados ante el futuro.

Esto está pasando de verdad, a pocos metros de nuestras casas, quizás nuestro vecino, quizás algún conocido. Esto está pasando día a día, hora a hora.

Familias enteras que siempre intentaron ser honradas, trabajar, criar a los hijos, poner su granito de arena para el futuro, familias que pagaban sus impuestos, que salían al parque los domingos, que se reunían con los amigos a hacer alguna barbacoa. Familias normales y molientes, como la suya, como la mía. Familias así las hay ya a cientos desesperadas, aterradas, mirando la nevera vacía, el bolsillo vacío, y el corazón lleno de amargura, de dolor y de rabia.

Personas abandonadas, repudiadas por todos, a los que se esquiva, a los que no se escucha, personas cabizbajas y tristes que van pensando en qué le van a decir a sus hijos cuando les pregunten que qué hay para comer.  Personas que eran el tejido social de nuestro país, la vieja case media.

De un tiempo a esta parte ya no existe esa clase media, la han destrozado entre los gobiernos inútiles y ladrones y entre nosotros mismos, ignorantes, insolidarios, nuevos ricos sin pizca de clase, apandadores, flojos y vagos, creando una mierda de sociedad y aplaudiendo durante el proceso. Hemos conseguido que en la tele haya anuncios de madres llorosas y de hijos hambrientos.

Y no se nos cae la cara de vergüenza ni haremos nada al respecto. Nos quedaremos con el anuncio de después, el del cochazo con nosecuantos caballos para que te guste conducir, y nos olvidaremos de que hace un segundo, una chispita saltó en nuestros corazones, una chispa de solidaridad y de pena, que preguntaba cómo era posible que sucediesen estas cosas en este país.

Una chispa que deberíamos aprovechar para meterle fuego a todo y recomenzar de nuevo.  Sin embargo nos quedamos embobados con el coche, envidiando al que lo tiene y deseando poder tenerlo. Y así estamos.

Y a la niña del anuncio que la den, total siguiendo otra vieja costumbre española solamente nos acordaremos de Santa Bárbara cuando truene. O cuando nos toque contarle a un hijo que en mitad del bocadillo meta una loncha de imaginación untada con otra de ilusión.

A ver si así se le quita el hambre.

(C) A. Villegas Glez.

panabierto

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