Archivo mensual: julio 2013

EL TAXI (un ciudadano ejemplar)

Madrid, muy temprano. El calor empieza ya a apretar en la semi- vacía capital y el ritmo lento del verano se impone en la Villa y Corte.

Precisamente ahora es cuando mejor se circula y cuando más difícil resulta, encontrar un taxi.

Nuestro protagonista es hombre recio pero de cierta edad,  ya luce canas y para colmo va el hombre apoyándose en una muleta, pues muy recientemente le han operado una de sus rodillas. Pasito adelante, pasito adelante, no sin esfuerzo, pues aparte de muleta lleva el maletín lleno de papeles y libros, pues nuestro protagonista es hombre cultivado, que lee y escribe y se preocupa de saber y de conocer y luego, nos lo enseña a los demás.

No sin esfuerzo consigue apoyarse en la pierna sana, levantar la muleta y avisar así a un taxi que pasaba. ¡Buf, menos mal!- piensa nuestro protagonista.

El vehículo se detiene a unos pocos metros, el taxista, como no hay maletas sino muletas, se queda en su asiento, ¿para qué voy a salir?- se dice- que se joda el cojo- remata.

Nuestro protagonista agarra el maletín y empieza a dirigirse hacia el coche pensando en cómo cojones va a abrir la puerta. Tendré que apañarme- piensa- no tiene pinta el taxista de salir a abrirme.

A tres metros del tirador de la puerta, pasa a su lado como una exhalación una figura delgada y despeinada. Casi le arrolla y le tira al suelo el hideputa.

El hombre no se ha cortado un pelo y ante la vista del taxi dijo: ¡¡¡Mío!!!, ni miró ni vio ni respetó al que antes que él y con mayor necesidad, lo había detenido.

Se metió dentro, le dijo algo al taxista, que no protestó ni dijo ni mú, al contrario. Al ser personajillo televisivo el que había montado se sintió como la Reina de Saba: ¡Coño el rey del pavo asado en mi taxi!, ¡qué honor!, y al cojo que le den por saco.

Nuestro protagonista se queda allí, con dos palmos de narices, la muleta en alto, usando algunos vocablos castellanos de esos bien sonantes y acordándose de la señora madre de la estupenda persona que le ha arrebatado el medio de transporte en sus propias narices.

¡Menudo hideputa el maromo!

Y lo peor del caso es que el susodicho personaje, el roba taxis, el capullo irrespetuoso va por la vida (y por las televisiones) dando lecciones de moralidad y de solidaridad.

Con su cara de vividor, de golfo apandador, lleva media vida viviendo de una canción que tuvo éxito hace años, porque, que yo sepa, este caballerete que va por el mundo de super guay, de ser de lo más humano y estupendo, no tiene oficio ni beneficio, aparte el de medrar, ir por la vida de listo, hacer muchos aspavientos y chupar, lamer o absorber lo que se le ponga por delante y sea de la cadena que sea. El caso es seguir en el candelero y seguir mamando de la teta sin dar palo al agua, cambiándome de camisa, de ideas y de valores cuando sea necesario.

Luego en la calle, donde de verdad hay que demostrar la educación y el respeto, estos personajes se venden ellos solitos. Insolidarios, chulos y arrogantes se creen el ombligo del Mundo, cuando no son siquiera la mierda que ese Mundo caga.

Nuestro protagonista, estoico, esperó otro taxi, allí con su muleta y su cabreo. ¡Qué remedio!

Es hombre pacífico, ya les digo culto y educado. Lo contrario al otro, que es un hideputa con toda la cuerda dada.

Porque ya me dirán lo cortés y lo solidario y lo humano y lo de caballero que es quitarle un taxi a otro. Y más si este otro va lesionado y encima si este otro es vecino tuyo y conocido.

Eso en mi tierra se llama ser un cabrón. Aunque no sé de qué me extraño.

En éste país solamente les ponemos galones a los hideputas, a los ladrones, a los inútiles y a los que salen en la tele, poniendo carita de bueno, soltando parrafadas sin sentido y queriendo enseñarnos a los demás la manera correcta de comportarse.

Luego si te ven en la calle, infartado, atropellado o esperando un taxi, tengan cuidado, pues de todo lo que hayan visto la mitad es mentira y la otra mitad falsedad. Y seguramente les pisoteen, les arrollen o les roben el taxi.

Porque resulta que en nuestro país, aplaudimos esa actitud y nos reímos del pobre cojo que, por lento, se quedó sin vehículo.

Y por cosas como esta, estos detallitos sin importancia estamos como estamos y nos merecemos todo lo que nos pase.

Porque son muchos los que hay por ahí, igualitos al que le robo a mi amigo el taxi.

Ojalá le salgan unas almorranas del tamaño de Groenlandia y así, cuando le robe el taxi a otro, se acuerde.

Por cabrón.

© A. Villegas Glez.

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