Archivo mensual: mayo 2013

El Recibo

No te das cuenta de lo mucho que se ríen de ti hasta que dejas de necesitarlos. Me refiero a los bancos, a ésos establecimientos, a ésos negocios, a ésos centros de poder y de avaricia, a ésos cubículos para guardar el dinero, a ésos monstruos inhumanos que nosotros mismos hemos alimentado como idiotas, hasta que la bestia ha crecido tanto que ha terminado por devorarnos.

Porque, vamos a ver, al fin y al cabo un banco no es más que un negocio, una empresa, unos señores que se ofrecen a guardar tu dinero o manejar tus capitales y a hacerte la vida más agradable y cómoda pagando tus innumerables facturas y recibos, que si el teléfono, que si el coche, que si la luz, que si el agua, el gas, el impuesto de circulación y hasta la compra en el Carrefur, previamente domiciliando tu nómina allí, claro, y encima , algunos hasta te regalan una cubertería.

También te ofertan créditos y vidas de mentira, te engañan, te cuecen a comisiones, te aplican hasta la última tasa y si no tienes suerte tu director es un sieso, sea macho o hembra y en la sucursal, encima, no hay una sola tía buena a la que mirar, discreto y galán, mientras haces cola.

Todo esto si tu existencia transcurre digamos por el sendero “normal” de la vida, pues cuando te sales, o te sacan de éste sendero, las sucursales bancarias dejan de ser un servicio público y se convierten en guetos dónde solamente los nominados son medianamente tratados con respeto y eso según la cuantía de la nómina en cuestión, que aquí, como en todo, siempre hubo clases.

El asunto es que el otro día fui tan campante a pagar un recibo del ayuntamiento, el del circulación para ser más exactos, ponía detrás bien clarito que podía hacer efectivo el pago, en las oficinas municipales, en Correos y Telégrafos y en las oficinas de una serie de entidades bancarias.

Desde cierto suceso, con abogados, jueces y cerrajeros de por medio mi relación con los bancos ha cambiado radicalmente, de ser cliente callado y cumplidor he pasado a estar más cerca de Dillinger y tipos así, al menos en el corazoncito. Acudo poco a las oficinas, tan poco que cada vez que entro ahora a Unicaja, la rubia guapa, simpática y eficaz siempre me pregunta si quiero abrir una cuenta nueva.

Pues entré tan normal, tan inocente, tan creyéndome todavía que podía utilizar los servicios de una entidad privada que en teoría está allí para que el ciudadano se sirva de ellos, de los servicios que ofrecen, igual que cuando quieres pipas vas al quiosco o tabaco al estanco.

¡Menos mal que no había mucha gente!

La cola era corta, una viejecita sacando ochenta euros y uno de ésos trajeados al que las tripas se le oían rugir a kilómetros de distancia que tardó un suspiro en preguntar si estaba el ingreso, recibir la negativa y largarse con la bilis más cortada todavía y las tripas cantando el “aserejé”.

Y entonces me tocó a mí:

–        Buenas, venía  a pagar este recibo del Ayuntamie…

–        Los recibos sin domiciliar se pagan los martes de ocho a diez- la respuesta había sido automática y cortante. Seca.

–        ¿Y solamente ése día se puede pagar?

–        Sí, solamente…O domicilie el pago

–        No quiero

–        Pues entonces el martes, y ésto es así en todos los bancos.

–        ¿Y por qué?

–        Normas internas…

–        ¿Entonces no puedo usar los servicios que ofrecen?, ¿transferencias, pagos, etcéteras?

–        Transferencias a otra cuenta sí, pagos de recibos tan sólo ése día…

–        ¿Por qué?

–        Normas del Banco. Solamente se cobran recibos sin domiciliar ése día y a ésas horas.

–        Serán las colas bestiales…

–        Ni se imagina, ¡un agobio!

–        ¡Pues a joderse!

–        ¡Oiga!

Pero yo ya me marchaba acordándome de la puñetera madre de los bancos, del dinero y de lo estúpidos que hemos sido, lo engañados que vivimos y cómo se aprovechan de nosotros.

Al salir me fijé en el cartelón de la publicidad, una familia feliz en un bucólico prado, el sol saliendo y todos sonrientes:

“Asegure su futuro”

Allí estaba también una figura a tamaño real de Fernando Alonso, sonriente con su mono rojo, señalando con el dedo, y detrás algo que decía no se qué de confianza.

No sentí rabia ni rencor, una honda tristeza se apoderó de mí y mientras me encendía un cigarrillo imaginé el siguiente martes la calle repleta de gente, abarrotada, todos allí en pacífica cola, empresarios, obreros, médicos, enfermeras, bomberos, policías, funcionarios… Todos allí con nuestro recibo en la mano.

Y a ver entonces quien es el que iba a joderse.

© A. Villegas Glez.     mayo /2013

 

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