Archivo mensual: marzo 2013

Cuando Llegué a Granada

Lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer mismo y se cumplieron este pasado mes de febrero veintiún años. ¡Dios cómo pasa el tiempo!

Fue casi de casualidad, una de esas cosas del destino que tú apenas eliges, una vuelta que da la llave de la vida por ti, un conflicto al principio, un casi no venir por no ver llorar a otro soldado.

Sucedió que acabado el periodo de instrucción de los que por aquel entonces nos llamábamos voluntarios especiales en el Cefive nº 1 de Alicante, siguiendo la rancia tradición militar de elección de destino según la calificación obtenida durante el curso, es decir había un número uno y un número no sé cuantos, ceo que en aquella promoción rondamos los seiscientos tíos.

Y por aquel orden inamovible se elegía el destino deseado algunos y el que no les quedaba más remedio otros. Por aquel entonces yo no tenía preferencias, pero me atraía mucho la ciudad de Jaca y la provincia de Huesca en general un lugar que es de los que más me gustan de España. Criado en Melilla mi único deseo era no ir destinado allí. Y entonces leí en las tablas de destinos posibles: Granada.

Yo había obtenido un número muy bueno, tanto que me permitía elegir el destino que quisiese, o casi. Aquello provocó la alarma en los compañeros que eran residentes en la ciudad de la Alhambra cuando se corrió la voz de que uno “de Melilla” iba a pedir destino allí, el “mu cabrón”.

Hechos los cálculos convenientes y las quinielas ya echadas fue cuando uno de aquellos compañeros me pidió, casi con las lágrimas saltadas, que no pidiese Granada. Pero qué quieren que les diga, cada cual llevamos cargas y fantasmas dentro y aquel muchacho es quizá uno de los míos pues yo no le hice ni puñetero caso. Mi número me lo había currado como el que más y tan solo las “jodías notas” habían rebajado mi coeficiente, así que le dije que nones y que a apretar los huevos tocaban. Y elegí Granada.

Recuerdo el autocar en el que me quedé frito tras una noche de levante en el estrecho a bordo de uno de los comodísimos ferrys de Transmediterránea, que enfiló la carretera de Santa Fe y ante mí apareció de repente Sierra Nevada en todo su esplendor, era febrero y la nieve blanca se reflejaba por entre las lunas del autocar. Un escalofrío me recorrió la espalda como si estuviese sumergido en toda aquella blancura impoluta, después se recortaron la Alhambra y el Albaicín contra las montañas y mi corazón se enamoró para siempre de aquella belleza y de aquel embrujo que ya sentía mientras miraba por los ventanales el Camino de Ronda hasta la antigua estación de la Alsina.

El primer aire que respiré fuera de la estación me llevó a subir por la calle Recogidas hasta la estatua de Colón, desde allí me llamaron Plaza Nueva y la Carrera del Darro, para luego Cuesta del Chapiz y Calle Panaderos abajo desembocar en el Triunfo y enterarme de que allí cerca estaba Fray Leopoldo, el santo aquel de los trocitos de tela en las estampitas.

Durante todo mi recorrido el petate militar que llevaba encima y que había despertado las miradas curiosas y burlonas de varios transeúntes les aseguro que no pesaba lo más mínimo, ligera pluma que la ilusión portaba. Aquel paseo, aquellos primeros pasos respirando el aire de la que ya consideraba “mi Graná” enamoraron mis sentidos con aquel legendario embrujo, con aquel aire mágico que contaban los poetas y los novelistas.

Aquel día de hace ya veintiún años me llegó hasta el alma una tierra a la que llegué casi por casualidad. Y ¿saben?, ahora comprendo perfectamente porqué lloraba mi compañero pues dejar atrás tanta hermosura debe doler tanto o más que la muerte pues dejar atrás Granada debe ser como morir lentamente.

Para Ti Granada.

© Antonio Villegas Glez.

 

alhambra

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